Libertad de expresión: Aclaremos las cosas

Suponer que toda expresión pública humana está sustentada en información científica irrefutable es un muy grueso error. Esa concepción es elitista, descalifica a la mayoría y está favoreciendo sistemas herméticos donde unos pocos tienen cabida. Por Alejandro Rojo Vivot, Avina

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07 de Julio, 2012 16:07

“No es la primera vez que el funcionamiento de la verdad judicial no sólo es problemático sino que da risa”.[1] 

Michel Foucault (8 de enero de 1975) 

La libertad individual es un derecho fundamental, encuadrado específicamente en la Declaración Universal de Derechos Humanos.[2] La historia registra muy bien todo lo que costó que algunos, con mucho poder, lo aceptaran cabalmente aunque, a veces, en el siglo XXI sigue habiendo arteros esfuerzos por menoscabarla restringiéndola en todo lo posible.

El derecho a la libre expresión está íntimamente relacionado a la condición humana pues, el animal pensante se desarrolla gregariamente aportando al desarrollo social, también y de manera privilegiada, a través de ideas, opiniones, pareceres, etcétera que al adquirir publicidad permite que los demás tengan oportunidad de apropiarse de las mismas, cuestionarlas, mejorarlas y, hasta llegado el caso, ignorarlas o que se conviertan en conocimientos aunque éstos, asimismo, pueden perder credibilidad en el corto o largo plazo. 

Aclaremos las cosas

Los derechos humanos se van acrecentando pues, por caso, de los iniciales denominados individuales el camino transitó por los políticos, luego por los sociales, más adelante por los ambientales, comunitarios, difusos, etcétera. Lo que sí es seguro, aunque existan intentos en contrario, el avance es continuo sobre todo en calidad y coherencia, más allá que resta mucho por alcanzar el acceso generalizado. Antes las juntas electorales estaban integradas únicamente por jueces y hoy también las conforman ciudadanos en su calidad de tales, siendo éste un derecho que en el siglo pasado era casi impensable y que su establecimiento generó muchas resistencias entre quienes creían que perdían poder y se menoscababan sus investiduras casi ancestrales.

A nuestro entender, suponer que toda expresión pública humana está sustentada en información científica irrefutable es un muy grueso error. Esa concepción es elitista ya que, por un lado, desde un principio, descalifica a la mayoría y por el otro, está favoreciendo sistemas herméticos donde unos pocostienen cabida concentrándose el poder y decreciendo notablemente la calidad institucional de la Democracia.

Muchas de las opiniones están fundadas en apreciaciones construidas con percepciones, por eso pueden cambiar con cierta frecuencia sin que ese hecho signifique irresponsabilidad alguna. Las opiniones son únicamente un estadio muy anterior a la convicción y son absolutamente válidas como tales.

En épocas donde predominan fuertemente cuestiones que generan determinados estados de ánimo como la inseguridad o decrecientes niveles de inestabilidad económica como consecuencias directas de planes gubernamentales, es muy probable que también se generalice la opinión de estar próximos a una grave crisis institucional; sea verdad o no, sea posible o no demostrarlo, ya que es una opinión. En un Estado con corrupción estructural, aun cuando sea dificultoso probarlo por la connivencia ente los poderes públicos, es muy factible que se generalice en la población afectada, por lo menos, la opiniónde que muchos de los que tienen responsabilidades jerárquicas están incluidos en esa nefasta práctica.

Ante esos gravísimos escenarios, siguiendo con los ejemplos, ¿a la ciudadanía le cabe únicamente callarse o puede al menos omitir opiniones que alimenten debates, esperando que la verdad alguna vez sea visible?

Sin duda, siempre serán insuficientes todos los cuidados que tengamos por proteger la libertad de expresión aunque en ese cometido algunos puedan considerarse ofendidos o injuriados; por algo los antiguos solucionaban la cuestión afirmando que cada uno se ponga el sayo que le quepa como toda prueba ante opiniones diversas. Y, por favor,queriendo confiar en la administración de justicia, sigamos construyendo una comunidad donde valga la pena ser vida plenamente.


[1] Foucault, Michel. Los anormales. Fondo de Cultura Económica. Primera edición en español. Marzo de 2000. Buenos Aires, Argentina.

[2] Naciones Unidad, Asamblea General. Declaración de Derechos Humanos. París, Francia. 10 de diciembre de 1948.

FOTO: http://www.letraslibres.com/

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