Opinión: La chica que sueña con la muerte

Valentina es una mujer muy joven que quiere dormir para siempre, cuya decisión su madre respeta y una ley se lo impide. Paradojalmente, en el mismo panorama legal donde aparece la presidenta de Chile que quiere legislar respecto del aborto, y un Congreso, mayoritariamente masculino, que lo rechaza.
Imagen de Vivian Lavin Almázan
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06 de Marzo, 2015 13:03

“Soy Valentina Maureira, tengo 14 años. Sufro de fibrosis quística y solicito hablar urgente con la presidenta  porque estoy cansada de vivir con esta enfermedad y ella me puede autorizar una inyección para quedarme dormida para siempre”, es el llamado dramático de un niña cansada de vivir. El breve video grabado desde la clínica donde está internada fue difundido a través de su perfil en Facebook y, a partir de entonces, se convirtió en uno de esos mensajes que como brasas van enardeciendo las redes sociales.

Se habla del llamado de una niña, sin embargo, por sus 14 años,  se trata de una adolescente que, si de responsabilidades y discernimiento se trata, la ley chilena considera imputable en lo penal.

Valentina es una mujer cuya voz se alzó en momentos en que las más importantes representantes del género se encontraban en Chile con ocasión de la cita convocada por ONU Mujeres, órgano de Naciones Unidas al que renunciara Michelle Bachelet en marzo de 2013, para volver a Chile y asumir el desafío presidencial.

La voz de Valentina se confunde en el bullicio mediático en un escenario donde se discuten el derecho de las mujeres a abortar. En su caso es una mujer muy joven que quiere dormir para siempre, cuya decisión su madre respeta y que una ley se lo impide. Paradojalmente, en el mismo panorama legal donde aparece la presidenta de Chile que quiere legislar respecto del aborto, y un Congreso, mayoritariamente masculino, que lo rechaza.

El ruego de la valiente Valentina llega a un país donde las voces de las mujeres resuenan como ecos nocturnos. Se escuchan pero parecieran provenir más del mundo de los sueños que del mundo real, del inframundo, como se nos ha estigmatizado en la historia bíblica… o peor, como si fueran voces de niñas que no tienen la capacidad de decidir respecto de sus vidas y de las que son capaces de engendrar o no, más aún cuando son producto de un ultraje o ponen en riesgo la propia.

Michelle Bachelet hizo un cambio en su agenda copada por ONU Mujeres y fue a ver a Valentina a la clínica. Permaneció allí una hora y 10 minutos, como presidenta, médica, madre y también como mujer, en esa dificultad del género femenino de separar como compartimentos estancos los diversos roles que le tocan desempeñar.

Y no resulta difícil imaginar que como presidenta de la República le correspondió explicar a la joven sobre la imposibilidad de acceder a su agónica petición, que ella ha dulcificado cual Bella Durmiente, como unainyección para dormir para siempre, pero sin la posibilidad de volver a despertar por beso algunoY es que según la ley chilena, la eutanasia está prohibida y aparece además como una idea demasiado remota para un país donde ni siquiera el aborto por causales tan dramáticas como la violación o cuando está en riesgo la vida de la propia madre, es aceptada. Como doctora, Michelle Bachelet sabe que la joven tiene un pronóstico acotadísimo de vida, que no supera los 4 años, y que su precario estado de salud es de mucho cuidado. Como que con escasos 35 kilos de peso, su vulnerabilidad la hace presa de contagios, por lo que debe estar recluida evitando el contacto con otras personas… una condena a muerte en vida para una adolescente de 14 años.

En esos 70 minutos en la Clínica, también estaba en su calidad de madre que, en esta última semana, ha pasado por su mayor prueba al quedar en evidencia que su hijo Sebastián tiene una ética muy dudosa respecto de los negocios, la política y el poder. Y como madre, debió escuchar el lamento de la joven y también el de sus padres, a quienes ya se les murió otro hijo debido a esta enfermedad crónica, hereditaria e incurable.

Como mujer, finalmente, Michelle Bachelet debe haber felicitado a Valentina por exponer su caso frente al mundo, por sacar la voz valientemente, aunque haya sido para la más extrema de las peticiones que un ser humando puede solicitarle a otro: que lo ayude a morir. Un derecho que debiera ser discutido prontamente cuando la medicina es capaz de mantener artificialmente a un ser humano con sus signos vitales, lo que no quiere decir que sea con vida, en el sentido que todos entendemos por vivir.

Es probable, que saliendo de la Clínica, ya en el auto que la llevaba a toda velocidad por la ciudad para retomar su agenda el sábado por la mañana, la presidenta haya recordado que un 16 de marzo de 2013, hace apenas dos años atrás en Nueva York, cuando, saliéndose de protocolo en la mitad de la presentación de un informe sobre La eliminación y prevención de todas las formas de violencia contra las mujeres y niñas, entonces como presidenta de ONU Mujeres, señaló: “Esta es mi última reunión. Vuelvo a mi país por razones personales” … y que entonces, cuando lo dijo, no era solo una manera de despistar a la audiencia sino que el compromiso profundo que debe existir en quien se convierte en la primera autoridad de nuestra nación: ser presidente es una decisión personal que nos afecta a todos. Porque ese límite entre lo público y lo privado que ha pedido a su gabinete definir para luego legislar es difuso y complicado no solo en política, no solo para ella y su hijo. Y lo que más requiere Chile hoy es de diálogo y comunicación. Porque no se aprende por decreto sino que con compasión y escucha, comprensión y también normas…como de seguro tuvieron presentes en esos 70 minutos junto a Valentina y que también merecía todo Chile, para saber cuál es su pensamiento profundo respecto de la eutanasia, el aborto y de las relaciones entre el poder y la política.

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