Columna ME-O: Los progresistas y la crisis de representación política
El populismo de derecha, una especie de bonapartismo, viene a cubrir el fracaso de los tradicionales partidos históricos, conservadores y liberales.
Por Marco Enríquez Ominami
La respuesta frente a la crisis de
representación, producto del desprestigio de la institución
parlamentaria, y, sobretodo, del sistema de partidos políticos y del
creciente desprecio y alejamiento de las grandes mayorías ciudadanas de
los asuntos públicos, ha sido el populismo, sea este de derecha o de
izquierda.
El populismo de derecha, una especie de bonapartismo,
viene a cubrir el fracaso de los tradicionales partidos históricos –
conservadores y liberales – o, como en el caso de Italia, el derrumbe de
democratacristianos, socialcristianos y comunistas, al vacío histórico
dejado por los partidos surgidos en la Guerra Fría, a quienes les
sucede, en algunos países, una forma de populismo de derecha, cuyo norte
es conquistar a los sectores populares en base a demagogia y promesas
fáciles y, a veces, engañosas, convirtiendo al ciudadano en cliente
seguro de la prolongación autoritaria de una nueva forma de paternalismo
corrosivo, corrupto y farandulero. Por otra parte conocemos un
populismo de izquierda con el caso de Nicaragua a la cabeza, como
ejemplo de una izquierda que ya no tiene siquiera el coraje de encarnar
una visión solidaria del hombre con una nueva carga de derechos.
En nuestro país, tanto los partidos de la Concertación
por la Democracia, como los de la Coalición por el Cambio, son expresión
de la crisis de los partidos clásicos, surgidos de la Guerra Fría –
socialdemócratas y democratacristianos – como del populismo derechista
de la UDI, o la eventual Nueva Derecha, propuesta por RN.
Este régimen de partidos está completamente agotado: lo
único que puede generar es la radicalización de la crisis de
representación que, de no surgir un partido de los ciudadanos, sólo
podría llevar al país a populismos de derecha que, finalmente, terminan
o en el marasmo o en autoritarismos insoportables para la sociedad
civil.
El Partido Progresista no puede ser una repetición de
aquellos surgidos antaño, o fundados en base al populismo de derecha o
de izquierda. Dentro de sus objetivos fundamentales está la construcción
de una democracia representativa, semipresidencial, con elementos
centrales de democracia directa – referéndum, plebiscito, iniciativa
popular de ley, revocación de mandatos, primarias vinculantes y
obligatorios para todos los cargos de lección popular; además, impulso
de un Chile federal, poniendo fin al monstruoso centralismo que ahoga a
las regiones-.
En resumen, el Partido Progresista debe ser la expresión
de la superación de los vicios que han conducido a la sociedad del
siglo XXI al rechazo de una forma de hacer política, cuyo centro ha sido
el reemplazo de la sociedad civil por el partido, y la apropiación de
éste por un pequeño grupo de audaces, cuyo objetivo eje consiste en
apropiarse del poder del Estado en beneficio personal.


