[Lectura voraz] Hay un mundo en otra parte, de Gonzalo Maier

La apuesta del autor es una invitación a descubrir un mundo construido sobre lo minúsculo, lo cotidiano y la autoficción.

Imagen de Daniel Carrillo Monsálvez
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05 de Junio, 2018 09:06
Libro de 110 páginas publicado este año.

8cuentos sin mucho “cuento”, en el sentido tradicional del concepto, pero con destellos de absurdo y frescura, humor, delirios cotidianos y reflexiones sobre la literatura y la propia escritura. Eso encierran las 110 páginas de “Hay un mundo en otra parte” (Literatura Random House, 2018), el primer libro de relatos de Gonzalo Maier, escritor y académico nacido en 1981 en Talcahuano.

Catalogado como “excéntrico”, Maier subvierte los códigos de la narración breve y sorprende con ejercicios de escritura que deberían llevar al lector a palpar bien el terreno antes de animarse a dar el próximo paso. Las digresiones abundan, cruzando desde lo libresco o académico hasta la cultura popular.

El volumen abre con el texto de mayor extensión, “Un año más o menos largo”, en donde el protagonista regresa a vivir a Santiago, ya “acostumbrado a estar muy lejos”, en un departamento de Ñuñoa en cuya casa vecina hay un gallinero, descubrimiento que marca de forma contradictoria el retorno a la urbe. Inusitadamente, las gallinas pronto se convierten en la medida del paso de las horas o de los días, dirigiendo el ritmo de la cotidianidad. Así, se levanta casi de madrugada a trabajar frente al computador y lo hace hasta la tarde, cuando el cacareo de las gallinas termina por apagarse. “Cuando la mañana está muy silenciosa, tanto que genera sospecha, estiro el cuello para ver si está todo en orden. Y hay más de una, en silencio, yendo de un lado a otro”.

A esta historia le sigue “Ah, la ilustración”, en donde un hombre atraviesa un estacionamiento subterráneo para cargar su auto, un Peugeot 308, y salir de vacaciones. Entre los diversos artefactos que lleva está un televisor. Viendo que todo entra de maravillas, el sujeto termina celebrando el haber comprado un auto francés, que para eso sirven los franceses: “para combatir la barbarie, para ordenar y clasificar, para iluminar el sur con el poder de la razón”.

Un texto más propio del cuento que del ensayo o la crónica personal es “Dos o tres apuntes sobre el maoísmo”, que presenta a un profesor universitario cautivado por la manera en la que una joven anarquista lanza bombas molotov durante las protestas. Entabla una relación con ella, La Lanzadora, como le llama. “Pero de repente, y como si ahora la ciudad se congelara, sus pasos se hacían cada vez más rápidos y, casi sin que él se diera cuenta, La Lanzadora ya corría en línea recta y, segundos después, la botella reventaba sobre su blanco, sin que nadie lo viera venir, tal como una chita le clava los colmillos a un antílope, así, de sopetón”.

“Cuaderno adversativo” y “20X20” parecen simples ejercicios de escritura que rayan en lo anodino. En el último de ellos se reconoce de forma explícita, ya que el narrador relata una visita a la biblioteca desde donde toma el libro “Twenty Lines a Day”, de Harry Mathews, quien justamente sigue el régimen de escribir 20 líneas al día, fueran buenas o malas, tal como Stendhal previamente lo había aconsejado. El protagonista se compromete a cumplir esta práctica, “como quien se ducha por las mañanas”, y lo hace durante 20 días, con un resultado obvio: “20X20”.

La apuesta de Maier, en resumen, es una invitación a descubrir un mundo construido sobre lo minúsculo, lo cotidiano y la autoficción.

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