Columna ME-O: Los progresistas y la crisis de representación política

El populismo de derecha, una especie de bonapartismo, viene a cubrir el fracaso de los tradicionales partidos históricos, conservadores y liberales.

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07 de Marzo, 2011 08:03

Por Marco Enríquez Ominami

La respuesta frente a la crisis de representación, producto del desprestigio de la institución parlamentaria, y, sobretodo, del sistema de partidos políticos y del creciente desprecio y alejamiento de las grandes mayorías ciudadanas de los asuntos públicos, ha sido el populismo, sea este de derecha o de izquierda.

El populismo de derecha, una especie de bonapartismo, viene a cubrir el fracaso de los tradicionales partidos históricos – conservadores y liberales – o, como en el caso de Italia, el derrumbe de democratacristianos, socialcristianos y comunistas, al vacío histórico dejado por los partidos surgidos en la Guerra Fría, a quienes les sucede, en algunos países, una forma de populismo de derecha, cuyo norte es conquistar a los sectores populares en base a demagogia y promesas fáciles y, a veces, engañosas, convirtiendo al ciudadano en cliente seguro de la prolongación autoritaria de una nueva forma de paternalismo corrosivo, corrupto y farandulero. Por otra parte conocemos un populismo de izquierda con el caso de Nicaragua a la cabeza, como ejemplo de una izquierda que ya no tiene siquiera el coraje de encarnar una visión solidaria del hombre con una nueva carga de derechos.

En nuestro país, tanto los partidos de la Concertación por la Democracia, como los de la Coalición por el Cambio, son expresión de la crisis de los partidos clásicos, surgidos de la Guerra Fría – socialdemócratas y democratacristianos – como del populismo derechista de la UDI, o la eventual Nueva Derecha, propuesta por RN.

Este régimen de partidos está completamente agotado: lo único que puede generar es la radicalización de la crisis de representación que, de no surgir un partido de los ciudadanos, sólo podría llevar al país a populismos de derecha que, finalmente, terminan o en el marasmo o en autoritarismos insoportables para la sociedad civil.

El Partido Progresista no puede ser una repetición de aquellos surgidos antaño, o fundados en base al populismo de derecha o de izquierda. Dentro de sus objetivos fundamentales está la construcción de una democracia representativa, semipresidencial, con elementos centrales de democracia directa – referéndum, plebiscito, iniciativa popular de ley, revocación de mandatos, primarias vinculantes y obligatorios para todos los cargos de lección popular; además, impulso de un Chile federal, poniendo fin al monstruoso centralismo que ahoga a las regiones-.

En resumen, el Partido Progresista debe ser la expresión de la superación de los vicios que han conducido a la sociedad del siglo XXI al rechazo de una forma de hacer política, cuyo centro ha sido el reemplazo de la sociedad civil por el partido, y la apropiación de éste por un pequeño grupo de audaces, cuyo objetivo eje consiste en apropiarse del poder del Estado en beneficio personal.

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