Ambientalismo: El nuevo socialismo

Habiendo el socialismo fracasado tan espectacularmente alrededor del mundo, la izquierda internacional estaba a la deriva hasta que se toparon con una táctica brillante: cambiar de rojos a verdes. Por Jorge Acuña.
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14 de Febrero, 2010 01:02
En la década de los setenta y comienzos de los ochenta, habiendo tomado el control del aparato administrativo de Naciones Unidas (por el poder de los números) los países del llamado Tercer Mundo, decidieron ganar dinero. La OPEP estaba provocando la más grande de las transferencias de dinero de los países ricos a los pobres en la historia. ¿Por qué no podían hacerlo ellos? Así que en las rimbombantes declaraciones y conferencias de Naciones Unidas, ellos comenzaron a hacer llamados por un "Nuevo Orden Económico Mundial."
La demanda esencial de este Nuevo Orden Económico Mundial era muy simple: transferir fantásticas cantidades de dinero desde el occidente industrializado al Tercer Mundo.
¿Bajo qué fundamento? Pues en el nombre de la igualdad (redistribución de las riquezas por la vía del socialismo internacional) con una dosis de indemnizaciones postcoloniales de por medio.
La idea de básicamente establecer impuestos a los ciudadanos trabajadores de las democracias occidentales para llenar las arcas fiscales de las dictaduras y cleptocracias del Tercer Mundo no llegó a ninguna parte, gracias en gran medida a Ronald Reagan y Margaret Thatcher (y a la crisis económica mundial de comienzos de los \'80). Ellos pusieron todos sus esfuerzos en ayudar al sector empresarial. Pero esa clase de sueños nunca muere. La campaña en contra de los dineros del mundo desarrollado está activada nuevamente, pero hoy tiene una nueva cara para ajustarse a las actuales modas ideológicas. Con el socialismo real muerto, el gran atraco es hoy propuesto como un sagrado servicio de la nueva religión existente: el ambientalismo radical.
Una de las grandes metas de la cumbre climática de Copenhagen que se realizó en diciembre del año pasado, era otra de las estafas del Nuevo Orden Económico Mundial: la transferencia de cientos de billones de dólares desde los países industrializados al Tercer Mundo para salvar el planeta al instalar, por ejemplo, industrias "verdes" en los trópicos tristes.
Viéndolo desde un punto de vista político, era una idea genial, que estimulaba al mismo tiempo cada zona erógena de la izquierda internacional: la culpa de los hombres ricos, la culpa postcolonial y las culpas ambientales.
Pero la idea de estafar a las democracias industriales en nombre del medio ambiente prosperaron no sólo en las instalaciones internacionalistas de Copenhagen. Prosperó alrededor del mundo también.
Para no extendernos demasiado, pondremos el ejemplo que se vive en Estados Unidos. El día en que la cumbre de Copenhagen comenzó, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) clamó tener jurisdicción respecto a la regulación de las emisiones de dióxido de carbono al declararlas como un "peligro" para la salud humana, sin pasar ello a través de ningún control legal o constitucional. Debido a que ese país opera una tramenda economía basada en el carbón, la EPA regulará prácticamente todo. Ninguna institución que emita más de 250 toneladas de CO2 al año estará exenta de control gubernamental. Eso significa más de un millón de edificios, hospitales, plantas, escuelas, negocios y empresas similares.
Desde la creación del Servicio de Impuestos Internos estadounidense, una agencia federal nunca había tenido tanto poder intrusivo sobre cada aspecto de la vida económica de los ciudadanos.
Esta sola afirmación de vastos poderes ejecutivos en el nombre del ambientalismo es la perfecta concreción de la predicción del Presidente de la República Checa (y economista), Vaclav Klaus, sobre que el ambientalismo se está convirtiendo en el nuevo socialismo, es decir, ese nuevo ideal totémico por el cual el gobierno toma el control de todos los aspectos económicos y sociales.
Habiendo el socialismo fracasado tan espectacularmente alrededor del mundo, la izquierda internacional estaba a la deriva hasta que se toparon con una táctica brillante: cambiar de rojos a verdes. Las élites culturales se pasaron de hacerle velorios al socialismo a rendirle tributo al ambientalismo.
El objetivo es el mismo: un poder altamente centralizado dado a los mejores y los más inteligentes, una nueva clase de expertos, administradores y tecnócratas de tintes egalitarios. Pero en esta ocasión, sin embargo, la justificación utilizada no es la abolición de la opresión y la desigualdad, sino que salvar al planeta.
Aquí no estamos haciendo una apología a la irresponsabilidad para con nuestro entorno. Es necesario que exista un buen equilibrio entre nuestro ambiente y las actividades que libremente, como seres humanos, debemos llevar a cabo para alcanzar el progreso y la felicidad. Para ello todos los actores sociales deben dialogar a través del Poder Legislativo y no desde los despachos de burócratas ideológicamente motivados. Eso se llama desarrollo sustentable y es diferente al ambientalismo.
Lo que ha pasado en Estados Unidos muy pronto podría pasar aquí. Entonces, el Gran Hermano no estará vestido con trajes grises y no trabajará en el Servicio de Impuestos Internos, no, llegará a tu casa sonriente con una gran polera verde que diga Greenpeace o peor aún, Ministerio del Medio Ambiente y controlará cada una de tus conductas.

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