Robots circulan por el centro de Santiago...

Son verdaderos autómatas urbanos... ¡Vea esto! Por Marcelo Fernández
Imagen de Marcelo Fernández
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04 de Agosto, 2009 07:08
Los hay de todas las edades y modelos.
Algunos estilo ejecutivos protegidos en sus oscuros trajes, albas camisas y modernas corbatas. Otros de tipo deportivo con informales pantalones y holgadas poleras. Más allá pequeños robots en miniatura vistiendo todos los colores del arcoiris, presa de estridentes pataletas a la salida de una multitienda o a la entrada de una clínica dental.
Obesos robots haciendo fila para reabastecer su mal, en alguna publicitada promoción de tan sólo 990 pesos.
Robots universitarios sentados en el suelo de un carro del metro, contestando a última hora una guía de la universidad; o escuchando absortos su MP-4. Y en ese mismo vagón atestado y mal ventilado, eróticas robotinas mostrando los tirantes de su sostén, o el reborde de su calzón. Y medianos robots a los cuales nadie los ha programado para ceder el asiento a los robots ya más oxidados.
Aparecen robots en céntricas esquinas, verdaderos dispensadores móviles entregando tarjetas para visitar un ilegal cambio de dólares, o para acudir a un lujurioso café.
Robots extranjeros vendiendo artesanales jugos de frutas.
Robots artistas en la plaza, dibujando humanas caricaturas de otros robots modelos.
Amantes robots que en citas clandestinas permutan la hora de colación, por una hora de pasión.
Y cuidado con los robots escaperos, los que urgan en nuestros bolsillos y bolsos, por causa de aquellos circuitos con que no fueron dotados al ser ensamblados por la sociedad.
En otras calles encontramos veloces robots que corren antes del cierre de algún robotizado banco, sin poder procesar lo que ven al mirar; no están programados para una doble función, no les importa el no vidente, ni el lisiado y mucho menos el pequeño cachorro que mueve su cola en señal de amistad.
En esta ciudad ya no hay cabida para los amigos... La solidaridad aparece sólo en los terremotos, o al escuchar los spots de “las 27 horas de amor”.
Se nos escapa de las manos la alegría de vivir.
Hoy, sólo nos hace feliz tener las cuentas pagadas.
A nuestros abuelos los hacía feliz… tan sólo la llegada de un nuevo día...
Foto: Jeff Sandquist

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