La Solitaria IX: Compilando tiempos perdidos y pensando en huir...

Hoy continúa esta novela floridana donde la tragedia que lleva consigo destrucción y la reconstrucción de una vida marcan a una niña para siempre. Todo se transforma y la esperanza nunca muere... Por Jeannette Salazar
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01 de Agosto, 2009 08:08
Del capítulo anterior...
El mundo continuaba su curso. Mónica vivió días junto a su madre. Yo diría no tan felices, sino plenamente, íntegros. Julio estaba muy frío, Mónica decidió escribir todo lo que estaba viviendo con su madre. Sentía que el frío era diferente, igual que el viento…
Del capítulo de hoy...
Que el viento, el saber de las comidas era también diferente. Los días eran cortos y también las noches.
Los habitantes de la población las veían reírse, llorar nunca habían estado tan cerca de dos mujeres. Yo desde lejos oía los comentarios en susurros, era una noticia alegre para todos. La población entera se encargaba de fomentar estos comentarios, que eran útiles, sanos para el alma de aquellos miserables pobladores.
Esa tarde decidí ir a verlas, pero algo dentro de mí impidió que fuese ese día. En la noche la luna difusa de miel clandestina, me calmó con su luz, ya que no tuve noticias ni comentarios de estas dos mujeres por varios días. Hasta que algo motivó a Mónica ir a visitarme, donde muchas veces mi casa fue su refugio. Me pidió unos libros de poesía combatiente que yo cuidaba como hueso santo. Se los pasé con mucho agrado. Sabía que Mónica algo quería conversar. ¿Tía, por qué siento esa necesidad de huir de todo y de todos?
-¿Para qué necesitas huir pequeña?
- No sé, tía. Debo buscar más allá de mí respuestas a esta vida tan complicada e injusta en la que vivimos usted y todos en esta población.
- Sí, te entiendo –con expresión firme y ansiosa me incliné hacia adelante y apoyé mi mano en la rodilla de Mónica- eres una mujer inteligente, más que inteligente, sabia, brillante. Pero siento que todavía debes pensar más las cosas. A veces no reflexionas lo suficiente. Actúas como una loca, eres muy emocional, sensible aún así te comprendo. Me gustaría que siguieras escribiendo todo lo que has vivido.
Mónica permaneció en silencio. Me puse de pie, sonriente.
-El 29 de julio habrá una protesta nacional. ¿Te encontrarás acá hasta ese día Mónica?
Se oyó una pelea afuera en la calle, que nos interrumpió. Mónica y yo nos acercamos a la ventana para ver qué pasaba. El “mosca” y la “coja” estaban peleando por unos chicos que habían robado en sus casas.
-¿Cómo cree usted, tía, que irá a pasar más en la vida de nosotros?, preguntó Mónica.
No tuve más opción que encoger los hombros.
-Es difícil saberlo. Todo el país está desaparecido, torturado. Lo que sí sé muy bien que tú y todos seguiremos siendo pobres, ya nuestra hora pasó. “Fue”. Allende está muerto. No hay ninguna esperanza para nosotros Mónica. Ninguna.
Mónica se veía triste ante mis palabras, agónicas. Mónica meditaba todo lo que uno hablaba. Esta vez se quedó callada, con la vista perdida en algo o alguien que parecía ver cuando estaba así, callada. Hasta que hizo una inclinación de cabeza e impetuosamente me respondió… “Entonces debo marchar pronto”, y sacó sus escritos, pero algo la detuvo por un segundo. Su mirada dejó de lado mi presencia y se fijó más atrás, más lejos.
-Alguien intentó quitármelos.
-¿Quién?
-Un tipo sucio, débil de mente.
Creo que dijo esto sólo para distraerme de la verdad. Mónica tenía esos viajes encendidos de vidas anteriores. Muy niña hablaba sola con alguien. A veces recorría a oscuras toda la casa conversando con este supuesto amigo. Una vez estuvo sentada en la puerta esperando a este amigo imaginario durante horas asistía mucho a las iglesias. Sus compañeros del colegio la aceptaban de forma extraña.
A Mónica poco le importaba el tener amigos, pero aún así contaba con algunos, gracias al apoyo de su profesor. Yo sabía que ella tenía encuentros con amigos imaginarios. Tal vez tenía ese contacto con su madre de una forma muy diferente a otros niños. Podía ver más allá de lo ordinario o común. Muchas veces quise ser como esta niña milenaria o vidente. Recuerdo que una tarde estaba en casa leyendo y vi pasar a una niña similar a Mónica. Me asusté mucho, la piel se me puso como de la gallina, sentí frío, mucho frío. Me dije: ¡cálmate, respira, es sólo una visión, son tus nervios o tu cabeza agotada! Pero siempre pensaba en esa niña que vi tan igual a Mónica.
En la dimensión de mi vida o del cosmos, ver estas cosas sobrenaturales no tiene nada de raro. Para nosotros es común oír hablar en las barricadas a los pobladores de estos temas sobrenaturales, mientras los pacos no llegaban los pobladores contaban para entretenerse.
Es probable que esa niña que vi sea yo en otra vida o un augurio de muerte. Sentí una atracción poderosa por la visión, no sé en qué consiste ni cómo definirla pero la siento mía, única.
Extraño mucho a Mónica, mucho. Esa tarde me mostró sus poemas, eran tan profundos. Lloré al leerlos:
“Hoy me senté al borde del mundo

Un cielo sin paso, me desconoció.
Fui un punto, unos árboles.
Han abierto mi corazón en esa ciudad rubia,
A parafina sucia. Siguieron mis días fríos y solitarios.
Hay un pájaro parapetado.
Me mira adentro y se echa en mí”.

Terminé de leerlos, la pequeña niña no habló más, me di cuenta que ya no estaba ahí, su mente se alejó más y más. ¿Dónde estaba?, me pregunté. Cerré su cuaderno, me despedí de ella con tristeza, tuve la sensación que luego se marcharía.
-¡Hola Mónica!, gritó Arturo su amigo de las barricadas.
-¡Hola Arturo, ven, acércate!
-Háblame de tus viajes, amiga.
-¿Qué quieres saber?
-Todo…
-¿Qué es todo? ¿Mis penas?... bueno, está bien, te contaré.
-¿Qué hiciste, por ejemplo, para vivir, comer?
-¿Qué hice? Robar, dormir bajo la luz de la luna, andar, trabajar.
-¿No te daba miedo robar?
-¿Tú qué crees?... Claro que sí, me daba miedo, pero, qué iba a hacer, ¿no comer? Además tú sabes bien que nosotros tenemos claro que no existe moral, ni robo cuando…
Continuará…

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