La Solitaria VIII: El regreso de la hija perdida

Hoy continúa esta novela floridana donde la tragedia que lleva consigo destrucción y la reconstrucción de una vida marcan a una niña para siempre. Todo se transforma y la esperanza nunca muere... Por Jeannette Salazar
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03 de Julio, 2009 23:07
Del capítulo anterior...
María Inés llegó a su casa furiosa. Se dirigió a la habitación de su hija Mónica. Estaba vacía. Vaciló, pero muy brevemente, y se quebró. Su alma estaba herida, echaba de menos a su hija Mónica. Un gran vacío la invadió, sombras y fantasmas vio. Lloró sin detenerse, pensó en ella, en su vida, en su hija, en lo que se había convertido, en un títere de la dictadura; ella que había luchado, criticado, ahora ella le hacía un favor al actual sistema neoliberal, a la dictadura. “Era una picante”, una menos, en eso se había convertido. En medio de su laberinto suplicó a ese buen Dios que la ayudara a levantarse…
Del capítulo de hoy...
No fue así. Dios estaba lejos en ese preciso momento. Se miró lentamente y se paró como pudo. Así era la vida, así era ella… Una más que sería olvidada y archivada en un Consultorio. Buscó algo para beber. No encontró nada. Se dirigió a la sala del comedor. Divisó a alguien por la ventana. Se aproximó y ahí estaba su hija, acompañada de un oficial. María Inés tembló. Abrió la puerta y se abalanzó en los brazos de su única hija. El oficial se dio cuenta que Mónica era su hija.
-Buen día, señora, soy el carabinero de la 36ª. Comisaría de La Florida. Tengo orden de entregar a su hija en perfecto estado.
El hombre estaba agotado y aburrido, y lo demostraba. Bueno, los Carabineros de Chile son así, pensó María Inés. No los veía como hombres sino seres extraños, distantes. Recordó al carabinero cuando la detuvo en los años del golpe militar. Sus voces eran todas iguales, brutas. Nunca pensó que a su hija la traería a casa un “paco”. Rió mucho.
El carabinero bostezó y presentó sus documentos… - Esta es una copia del arresto. ¡Firme aquí, señora. Esto es una constancia de transferencia de custodia! Mónica ser veía indiferente, ensimismada, observando todo el procedimiento.
-Y ahora, si ha cumplido con su deber, le rogaría señor carabinero que se retirara, me incomoda su presencia. El “paco” se molestó por las palabras de María Inés y agregó: - Mire, señora, no venga con ofensas. Usted sabe que yo la puedo detener…
-¡Ah!, eso no más me faltaba para terminar el día, que un “paco” venga a mi casa y se sienta ofendido.
El “paco” sacó pecho y la empujó.
-Mira vieja curá. Es mejor que te quedís calladita, ¿ya?
A María Inés no le asustaba mucho el sujeto. Lo miró despectivamente. Mónica al escuchar que su madre era ofendida por esta bola de grasa, le tomó la gorra y corrió, corrió a perderse. El carabinero, al sentirse atacado, humillado, corrió tras la niña, pero su gordura le impidió alcanzarla. Así es que llamó al otro oficial y subió a su patrulla, enfurecido. La madre de Mónica se reía hasta morir. “Esa es mi hija”, decía fuerte, para que todos la escucharan. Poco a poco empezaron a salir los vecinos de sus casas. Se juntaron en la calle, a burlarse de los “pacos”, les silbaban como lo hacen cuando llaman a los perros. Los carabineros desaparecieron a mucha velocidad, por las personas que estaban insultándolos y más que nada por miedo a que les pasara algo más trágico.
La madre de Mónica, al ver la escenita, más reía. - ¡Mire, qué se creen estos pacos retamboreaos!
Y pasando por detrás de la patrulla apareció Mónica. Cruzó la calle, su madre la siguió con los ojos, permaneció un instante inmóvil. Mónica se acercó a ella y la abrazó.
-¡Hola, mamita!
-¡Hola hijita mía!
-¿Cómo estás, mi niñita?
-¡Bien, mami!
Las dos se abrazaron con mucho amor.
-Me daba vergüenza hija que de nuevo me veas en lo mismo.
Mónica la sentía, la miraba intensamente. Tenía ganas de llorar, comprendía todo la pequeña niña. A cada momento de la vida, ella aprendía más, pues el mundo, la vida, para ella no era un festín de oro, por el contrario, sabía, comprendía que su vida era dura, qué tendría ella que perdonarle a su madre, ¡nada!, ¡nada!, ¡nada! Ni menos sentir vergüenza en lo que se había convertido. En una borracha de pies a cabeza. Lloró ese día, Mónica. Algo la hacía ser una niña especial. A veces sentía un odio implacable a otros seres que vivían con vidas tan perfectas, tan sólidas. Parecía que a ellos todo estaba armado para que les fuera bien. Ese odio lo sintió muchas veces, se instalaba en su alma como una roca firme y perecedera. Por la noche, junto a su madre, decidió contemplar las estrellas, ordenadas en el cielo y la luna creciente, flotando en el azul, como un mar silencioso. Observaban los árboles, su gente colorida, los perros callejeros, los almacenes con su pan popular. El viento helado de julio soplaba sobre sus rostros. Mónica, en un acto de augurio, le dijo a su madre que la amaba mucho, mucho, que si algún día no estuviera a su lado, ella la recordaría siempre como una madre abnegada, sola; pero fuerte. Su madre intuía que Mónica era profunda. Tomó su mano y le dio un beso. La roció de lágrimas íntimas, llenas de luz. Siempre Mónica supo que la muerte sería su compañera eterna, cercana y horneada. La olía. Su madre pronto partiría y tal vez demasiado pronto, para ella. Eran años de dictadura, de desolación, sin anestesia, sin azúcar ni crema. Sin embargo, para su madre María Inés, en otros tiempos no habría comprendido a su hija su forma de ser, de sentir, de ver la vida. Todo era nuevo para ella, hasta la muerte.
De pobreza, de injusticia, sí sabía la madre de Mónica. Nada en su vida había sido un velo pasajero y engañoso. Por el contrario, este momento intenso con su hija que abrigaban sus almas. Tenía un fruto, una semilla llamada Mónica; esta semilla que resultó una sustancia más allá de lo visible. Pero daba gracias por estar ahí, con ella, alguien puede comprender cuando hay estos momentos tan enteros, el alma ve, tiene un ojo único, irrevocable… Mónica y su madre lo sabían perfectamente. Vivían en el límite, en la otra orilla, que quedaba muy próxima a todos los sentidos y a todos los misterios. Ellas dos tenían eso que muchos de los que viven atiborrados de comodidades, lujos y vida sin altos y bajos, no conocen y jamás podrán comprender a estos seres extraños y divinos como eran Mónica y su madre.
El mundo continuaba su curso. Mónica vivió días junto a su madre. Yo diría no tan felices, sino plenamente, íntegros. Julio estaba muy frío, Mónica decidió escribir todo lo que estaba viviendo con su madre. Sentía que el frío era diferente, igual que el viento…

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