La Solitaria VII: padecimientos en un consultorio público

Hoy continúa esta novela floridana donde la tragedia que lleva consigo destrucción y la reconstrucción de una vida marcan a una niña para siempre. Todo se transforma y la esperanza nunca muere... Por Jeannette Salazar
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20 de Junio, 2009 01:06

Del capítulo anterior...
Mónica asustada le dijo ¡déjate viejo cochino!... Sabía que no podía confiar en nadie, ni menos en la policía. Los había visto actuar en su población. Así que dejó que el viejo hiciera su show. Hasta que se cansó de tirarle cosas, pero siguió insultándola. Mónica se buscó muy adentro para refugiarse. Le pareció que debía alejarse de aquél hombre en seguida. Sentándose, cerró los ojos, como viajando con su mente, ya no sintió sus palabras, su olor, sólo estaba ella quieta consigo misma. Sabía muy bien que cuando estaba en peligro debía huir…
Del capítulo de hoy...
… cuando estaba en peligro debía huir con toda el alma y mente. Vio un hermoso bosque rodeado por un valle. Había un hombre que la recibía con velas bajo una sombrilla de colores. Mónica se detuvo a la entrada del bosque y observó el espectáculo. El hombre tenía barba, cabellos negros recogidos por un alto peinado, pudo ver un rostro muy blanco, muy delicado, muy inteligente y una boca de un rojo intenso. Mónica se dio cuenta de lo hermoso que era el hombre y su corazón sonrió. Aquel rostro bello y sereno, la calmó. Hasta que la despertó el vozarrón del “paco” diciéndole que estaba libre, que no habían cargos en contra de ella. Mónica parecía otra niña, estaba calmada, lúcida, miró al oficial con pena, al hombre con cicatrices no lo vio en ese momento. Salió de nuevo rumbo a la calle.
CAPITULO 3
En una salita del Consultorio estaba su madre pidiendo ayuda por su alcoholismo. ¡Señorita, me puede ayudar, me siento enferma! La mujer de blanco la escuchó con atención. ¡En nombre de Dios, quiero que me ayuden. No sé dónde está mi hija, que le habrá pasado. Toda la vida he intentado ser una buena madre pero no he podido! La mujer de blanco frunció los labios y la miró despectivamente, como si ella fuera superior. -¡Pase, señora!
María Inés pasó. Yo puedo explicarlo doctora. Muchos me habían advertido que esta niñita estaba rara. Su padre nunca la ha querido mucho. Mi enfermedad me ha consumido, mire como estoy, ya no tengo fuerzas doctora… Usted sabe mejor que yo cómo es esto. Que vergüenza siento. Qué desgracia. Es mi culpa todo lo que le pasa a mi hija.
La mujer estaba incómoda. Estaba habituada que en el Consultorio pasaran mujeres con diferentes dramas. La mitad de su vida había trabajado en este consultorio público, pero la mayor parte de las mujeres de estratos sociales bajos sufren mucho, pero le resultaba difícil empalizar con ellas. Su vida acomodada la hacía una mujer fría, mental y distante. Tenía un rostro rígido como una piedra. También su cabello era de hierro, lacio, negro, peinado hacia atrás, muy tirante. Su nariz afilada como un cuchillo, los labios delgados, apretados sobre sus blancos dientes, todo en ella representaba la salud pública. Una salud deteriorada, débil, afilada, que era incapaz de resolver o dar una solución a los usuarios. ¿Tendría interés en ayudar a la madre de Mónica? Todo hacía predecir que no. La madre de la pequeña Mónica no paraba de hablar y de llorar. Sé que mi hija volverá a casa. Soy su madre, la necesito mucho.
La doctora seguía ahí intacta, sin un gesto escuchándola. Sacó un papel con datos:
-Mire, señora, necesito llenar este formulario con sus datos y darle una hora al médico tratante. Dígame su nombre, edad, rut y domicilio. Le haré su ficha médica. María Inés se quedó un rato callada y le dio sus datos.
-Bien señora, venga el 16 de julio, a las 10 p.m., ahí será atendida, pero insisto señora, tiene que venir ese día o si no perderá la hora. Ahora debe ir donde la asistente social para que la ayude con su hija. Vaya a la oficina 16, con la asistene María Ignacia Larraín. Bien, vaya señora.
La mamá de Mónica fue donde la asistente. Fue escuchada como hacen las asistentes, casi mecánicamente con una sonrisa eterna la atendió. Le ofreció un tratamiento, mercadería y le prometió intentar buscar a su hija Mónica.
Por lo menos ayer vino a verme mi hija.
-Si vuelve a casa, ¿de qué manera mamita? Con un “paco”. María Inés tomó un santo de la sala de la asistente y le dio un beso. Todo el mundo habla de mi y de mi hija, que es una muchacha extraña, que la acompañe un “paco” no me importa mucho. Yo muchas veces fui detenida y hasta casi me quisieron desaparecer, aunque usted me vea así sucia, drogadicta, borracha, yo fui partícipe de una revolución de cambio en mi país. No siempre fui ésta.
-Señora mía, la vida es así. Yo no soy quien para juzgarla. La niña es muy joven. Debemos acogerla cuando vuelva…
-Sí, debo comprenderla. Aunque huya de casa, hacerse vagabunda, hacer no sé que cosa… yo igual la apoyaré. Cuando me viene a ver no me habla mucho. Va siempre a ver a su tía, que en verdad no es tía de sangre, sino más bien una vecina que le ha dado mucho amor, comprensión y sabiduría. Creo que le debo mucho a esa mujer.
-Por qué a esa tía, me quiere decir, preguntó la asistente social
-Sí, se lo diré. Es porque su tía ha sido una buena influencia. Durante toda la vida lo sospeché. Yo como madre no he sabido guiarla. Mi hija siempre estaba en su casa o ella la cuidaba desde niña, comprándole de todo y le entregó un tesoro muy apreciado para mí… la “conciencia social”, hacerle ver que debía estudiar, leer, ser alguien, que no era fácil vivir para la gente pobre. Uno debe saber sus raíces, más si estas raíces son humildes y más aún saber luchar, valorizarse, respetarse, que uno es moralmente superior al que tiene poder, dinero. Que somos y seremos personas más fuertes, resistentes a las adversidades de la vida. Esto estimuló a mi hija a vivir, ver de una forma diferente. Siempre la vi leyendo, escribiendo, no sé qué cosa a mi hija, pero no paraba de escribir.
-Y si influyó así de esa manera… ¿por qué huyo de casa?
-No sabría responderle… quizá sea yo la culpable. Nunca he estado ahí cuando me necesita. Ud. sabe señorita, las chicas de ahora ven la vida diferente a uno y usted sabe que estamos en una dictadura. ¿qué oportunidad tienen los jóvenes en este país? Estudian para qué. Para ir a parar al POJ o PEM. Mónica desde niña fue precoz, extraña, es probable que se esté buscando, probándose… no sé…
La asistente social la miraba y no paraba de escribir. Detrás de ella estaba la foto del dictador, como si él cubriera la sala con su energía oscura. La madre de Mónica no se había fijado en aquella foto.
-Bien señora, es suficiente con estos datos. ¡Ah! Voy a darle una hora para la psiquiatra ¡Ah, perdón! La doctora ya le dio una hora el 16 de julio, qué bueno, ahí va a comenzar su tratamiento, señora mía…
-¡Sí señorita, vendré sin falta ese día!... Pero su mirada se instala en aquella foto sádica del dictador. Algo en ella la hace escupirlo. La asistente social se quedó paralizada. Tuvo miedo de aquella mujer quebrada, rota e inmemoriable. Sabía que si le decía algo que motivara su simpatía al dictador, sería objeto de una fuerza monstruosa de parte de la señora María Inés. Se quedó quieta mucha y sorda. La madre de Mónica cerró la puerta con un golpe muy fuerte.
María Inés llegó a su casa furiosa. Se dirigió a la habitación de su hija Mónica. Estaba vacía. Vaciló, pero muy brevemente, y se quebró. Su alma estaba herida, echaba de menos a su hija Mónica. Un gran vacío la invadió, sombras y fantasmas vio. Lloró sin detenerse, pensó en ella, en su vida, en su hija, en lo que se había convertido, en un títere de la dictadura; ella que había luchado, criticado, ahora ella le hacía un favor al actual sistema neoliberal, a la dictadura. “Era una picante”, una menos, en eso se había convertido. En medio de su laberinto suplicó a ese buen Dios que la ayudara a levantarse…

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3 Comentarios

Imagen de Amalia Caravantes

Carolina, tu respeto vale --

Carolina, tu respeto vale -- acaso no leíste la historia? no cacho tu parámetro de fomedad... seguro jamás leíste algo de Cortázar o Kafka por fome.. mejor ni hablar de Maturana...

En fin!

Estoy de acuerdo contigo Guillermo. Es una gran historia, he leído todos los capítulos y agradezco a ParaDiario 14 por permitir la diversidad de pensamiento!

Jeannette: Tienes mucho talento. No te pierdas.

Éxito!

Amalia

Imagen de Guillermo Bustamante

Gran historia! Saludos

Gran historia!

Saludos

Imagen de Carolina Perez Rodriguez

Con mucho respeto quiero

Con mucho respeto quiero preguntar al equipo, ¿por qué ponen cosas tan fomes en portada?

Acá hubo atochamientos, volaron techos se inundaron casas, se inundó el paso de Walker Martinez y ponen esto de portada???

Más ojo editores...

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