La Solitaria

Hoy continúa esta novela floridana donde la tragedia que lleva consigo destrucción y la reconstrucción de una vida marcan a una niña para siempre. Todo se transforma y la esperanza nunca muere... Por Jeannette Salazar
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14 de Junio, 2009 08:06

Del capítulo anterior...
Se paró y caminó de un extremo a otro de la ciudad. No estaba cansada. Estaba habituada a vivir así, en el límite. Estaba en el bosque infinito de la ciudad alta, con bares, cerros de acero y mohos, dioses, violencia. Aquí me tienen. Ensuciando su vida, su ciudad, sus pasos diptongo en remojo de quien la vida no le ha dado golpes duros.
Del capítulo de hoy...
Ella en la ciudad volvió a sumergirse. Los días fueron como de costumbre, la mañana y luego la noche… Volvió a robar para comer, esta vez fue pollo asado en la basura había pan. Lo sacó y comió. Bajo las luces del centro, con sus carteles publicitarios, la hacían creer que por ratos, era una niña con un destino fijo. Hasta que llegó a este destino, al Barrio Bellavista. Durante todo el día lo había estado pensando, calculando muchas veces oyó hablar de este barrio. He allí el lugar mágico para Mónica, podría dormir bajo esos puentes o tal vez trabajar en lo que sea. Pero delante de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, por los cafés, artesanos se movía entre turistas, magos, gays, prostitutas, todo ardía ahí. Vio rostros agraciados, pintorescos, pálidos, que jamás vio en su corta edad. Eran comerciantes árabes, gringos, peruanos. Pensó que estaba en otro país, lo atesoró entre recuerdos y sus imágenes. Todo lo almacenó en su mente para luego escribir, escribir en su cuaderno. De pronto tuvo una idea… si leyera sus notas o poemas ahí. Tuvo miedo… a quién le interesaría escucharla. Recordó a su profesor de Básica, que la alentaba a seguir y tal vez me falte la esencia, conocer más, pero se prometió que buscaría dónde ir a escuchar poesía. Sabía que existían talleres de poesía; a la Parroquia iba un profesor de Literatura que entregaba sus servicios a los pobladores.
Se detuvo frente a una librería, entró despacio, miró los libros. Vio uno que era de “Poesía chilena”. Lo hojeó un rato, miró para todos lados y lo robó. Sí, por qué no, también tenía que alimentar su mente, no siempre iba a ser comida, necesitaba instruirse, algo dentro de ella la estimulaba a continuar escribiendo. Tal vez conocería a un segundo Pablo Neruda, Jorge Teillier o a una Estela Díaz… Mónica había sabido que ella tenía que ser alguien en la vida. Su madre había tenido una historia verdadera, llena de utopías, ¡por qué ella no podría tener algo similar o mejor!
Llegó la maldita noche, tenía que buscar dónde dormir. Era una niña casi mujer y en una ciudad ser mujer no es lo mismo que ser hombre. Se dirigió al puente Loreto y se dispuso a dormir bajo él. Pero alguien se agitó a su lado y una voz se dejó oír, como susurrando. Esa voz, ese olor, lo conocía…
-Vaya, no es la mocosa del otro día…
No le contestó.
-Parece que te has venido a dormir en este puente…
- Ah! Parece…
Hubo un silencio extraño. -¿Dónde, dónde vio ese rostro?. Se dijo.
Otro silencio y vio su rostro lleno de cicatrices y los ojos inyectados en sangre.
-Oye muchacha…
Mónica dio vuelta su cara. Sí, era el tipo que desapareció cuando estuvo en el cerro Santa Lucía. No había sido un espejismo. Ahí estaba, de carne y hueso frente a ella.
-¿Sabes…? – La voz se había convertido en un gran murmullo tibio-. Hoy estuve pensando en ti, todo el santo día. ¿Por qué diablos te asusté?, me preguntaba. ¿Por qué me fui? Hasta que se me ocurrió buscarte. ¿Sabes qué? A lo mejor necesita de mi compañía, te confundió con un muchacho…
La noche se deslizaba amenazante. - ¿Me entiendes?, siguió la voz- me necesitas, quieres acompañarme… Eres linda. Bajo esa cara sucia y vestimenta de hombre, suave y calientita… Mónica temblaba, intentó ocultar su temor, trató de apartarse, pero como lo haría… estaba atrapada. Se quedó quieta, qué debería hacerle creer que él le gustaba, algo le tocó la pierna.
-Y entonces me dije si ella es buena… yo sería más cariñoso, te protegería.
Mónica se levantó de un salto. Corriendo, saltando las piedras, corrió y corrió. Su corazón latía fuerte. Abandonó el puente, llegó a Providencia cuando paró de correr, caminó hasta encontrar una plaza y se sentó en el suelo. No durmió esa noche. Esta vez no le costó robar su desayuno, por ahí había almacenes solitarios, las viejas “cuicas” no compran en estos pequeños almacenes. Para ellas es poco digno, “es de roto”. Mónica sabía que la gente rica carecía de costumbres sencillas, en todo caso, a ella le ayudaba mucho estas actitudes de arribismo de nuestra clase alta y pesada. Había resuelto trabajar, siguiendo un impulso perverso. Quería pedir trabajo donde había robado. “¡Lárgate, lárgate!, le gritaron. Un restaurant, carnicerías, varias tiendas, negocios. Sólo mirarle su rostro, su ropa sucia y poco a la moda, le hacía representar en sus calles la miseria. El Chile injusto, clasista. La muchacha era la decadencia de ellos y a los ricos no les gusta que tú ocupes sus espacios bien constituidos, decentes. Mónica deseaba en su interior que hubiera una protesta nacional, que viniera su tía, su pueblo a zumbarle el culo a uno por uno. Qué rico sería ver esta escena, pensaba.
Sus ojos eran un relámpago de alegría porque se reconocía por primera vez que tenía amor a su población Villa O’Higgins. Hasta entonces nunca se había dado cuenta de ello. Escuchó la voz de sus amigos riéndose, ¿qué harían ellos en esta situación? Sus amigos ocuparían todo, se comerían sus ricos panes integrales, todo sería una atmósfera de ironías y sarcasmos. ¡Sí!, ellos la habrían apoyado mucho. Estos pensamientos hicieron que Mónica escribiese en su cuaderno:
“Dónde, camino en estos sombríos risueños lugares.
Como menos berrincheros comen sin gusto
En un plazo de a uno.
Yo acá, camino, sudo, exploto…
Con un pequeño crujido, su cuaderno cayó al suelo. Al levantar la cabeza vio dos botas negras, siguió mirando hacia arriba. Ya no eran botas y uniformes verdes: quienes podrían ser: “Los pacos”.
-¿Cómo te llamas?
-¿Dónde vives?
-¿Quiénes son tus padres?
-¿Qué edad tienes?
Estaba en el suelo, su gorro rojo estaba tirado muy lejos. Mónica permaneció muda. No quieres contestar… Uno de los “pacos” alza su voz: ¿eres hombre o mujer? Mónica enfurecida les gritó: “Soy mujer”. No sabes que estos lugares son de gente muy correcta. Te vamos a llevar detenida por sospecha. El policía era un gordo mantecoso. La levantaron y se la llevaron a la 19ª. Comisaría de Miguel Claro. Abrieron una puerta de fierro y la metieron adentro.
-Pero si es la muchacha…, dijo una voz-, la jovencita altanera.
La celda era pequeña. El hombre estaba en otra muy cerca de ella. Sólo bastaba estirar la mano para tocarla. Mónica lo miró con desdén. Era el mismo hombre que la acosaba siempre. Parecía una tortura verlo, sentirlo. No quiso hablarle. Se quedó dormida un rato. Cuando despertó, el rostro de cicatrices estaba gritándole, le tiró algo a su celda. Mónica le hizo el quite como pudo. El paco lo dejó libre de actuar. Tiró algo más pesado.
Mónica asustada le dijo ¡déjate viejo cochino!... Sabía que no podía confiar en nadie, ni menos en la policía. Los había visto actuar en su población. Así que dejó que el viejo hiciera su show. Hasta que se cansó de tirarle cosas, pero siguió insultándola. Mónica se buscó muy adentro para refugiarse. Le pareció que debía alejarse de aquél hombre en seguida. Sentándose, cerró los ojos, como viajando con su mente, ya no sintió sus palabras, su olor, sólo estaba ella quieta consigo misma. Sabía muy bien que cuando estaba en peligro debía huir…

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